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Ya tengo 25 años, esos 25 que me separan a 2 años de morir como una rockera drogadicta, o a 5 años de esos temidos 30, o a 7 años de mis pasados 18. Son veinticinco y no he crecido mucho, aun no quiero hijos ni pienso en matrimonio, no he logrado ser buena dueña de casa ni me siento la pareja estable de alguien, incluso preferiría regresar a la cama de mi madre los domingos en la mañana sólo para que me pregunte qué quiero de desayuno y yo le pueda pedir unos huevos a la copa o huevos con tomate y marraqueta. Tengo 25 y en lugar de madurar pienso en cosas más pendejas, como en arrancar de los problemas en lugar de enfrentarlos, como en querer que mi papá me defienda cuando alguien me hace daño, como en no levantarme de la cama cuando hace frio y debo trabajar, como en pasar el día entero en pijama, viendo televisión “sin hacer nada”, como en escaparme por el día a un lugar fresco y nuevo, como en hacer locuras que de locas no tienen mucho sino que están más llenas de libertad y júbilo. 25 años y aún nada es mío, este año salí de la universidad y hace 3 meses comencé a trabajar. Tengo 25 y estoy tan impaciente como cuando tenía 7 años y se acercaba mi cumpleaños o navidad. 20 más 5, y ya no quiero que avance más, no mientras no sepa qué se viene.