lunes, 29 de noviembre de 2010

summeeeertime time time....

 El setlist pasaba de Pearl Jam a Kuervos del Sur y luego se saltaba a Chris Cornell (en todas sus variedades). De pronto llega Janis , sólo para definir que el rock se sigue imponiendo en estos días agenos, días del tiempo (...time time time).

Suena Janis Joplin, álgida y dolorosa canta summertime y, es inevitable, a medida que avanza la canciòn se retrocede el tiempo: 
Summertime tiene un sabor a rebeldía incontenida, a sonrisas disfrazadas, a tragos en excesos y drogas que te elevan -para no hundirte-. Hace unos 8 años, durante el mes de septiembre u ctubre tal vez (recordando las fotografías con las cajas de vino), me veo sentada en una cama escuchando esta misma canción; la habitación oscura dejaba entrar una tenue luz desde el patio donde estaba él -y los demás-. Sí, en ese patio estaba él, ese hombre que años después se transformaría en el hombre de mi vida; tan lejos y tan cerca, esa vez, la primera vez que lo vi compartir su boca con la de otra.

 Janis... es extraño que su encanto recaiga en lo natural, cuando su caracteristica sonrisa es causada por la heroina.. Sólo aparecen las sonrisas cuando su cuerpo desnudo se tapa con collares. Son sonrisas coquetas, llenas de complicidades develadas a un solo hombre (que misterio).

SUMMERTIME-JANIS JOPLIN

Verano,
Chico, tu vida es fácil.
Los peces, los peces saltan,
Y el algodón, señor,
el algodón está alto, señor tan alto.
Tu papá es rico.

Y tu madá es tan guapa, nene,
Esta tan bonita ahora.
Calla, nene, nene, nene, nene ahora,
No, no, no, no, no, no, no,
No llores. ¡No llores!

Una mañana de estas,

Vas a levantarte, levantarte cantando,
Vas a desplegar tus alas, chico,
Y coger, coger y elevarte hacia el cielo.
Señor, el cielo.

Pero hasta que llegue esa mañana

Cariño, n-n-nada va ha hacerte daño ahora,
No llores-llores.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El Tornasol de tus Palabras

Guardé tus últimas palabras en el mismo baúl donde descansaban las demás. Me di cuenta del tornasol que habían formado todas esas letras. Claro, los colores y las intensidades habían cambiado, como cambian todas las cosas, a partir de la luz. (El día en que cerré ese baúl por última vez, estaba muy nublado, la niebla se tragaba con ganas los rayos del sol. De mi sol. De tu sol.)

Comuna de San Felipe (V Regiòn, interior)

 






Desde la ventana del bus, destino a Valparaíso, despidiendome de San Felipe, solo observo:
  • Señoras sentadas en el umbral de la puerta de calle, con la bolsa de pan en la mano, bebiéndose la sombra de un gran árbol que se acicala con el viento juguetón.
  • Una carreta arrastrada por caballos se detiene en la esquina de una calle a la orden del semáforo.
  • La línea del tren intercepta sin cuidado la avenida principal; la Alameda, como le dicen por allá.
  • Hay casas de adobe descascarándose por el sol impetuoso, y casonas coloniales que abren paso a grandes Fundos.
  • Un arriero sobre su yegua, levantando polvo en un camino desierto al costado de la línea férrea.
  • El cerro descansa al lado, al ladito, al alcance de mi mano.
  • Las pequeñas casas de campesinos se pierden entre hectáreas de parronales, sembradíos y cosechas.
  • Un silencio respetuoso en la gente, en los hombres de manos curtidas por la tierra.
  • Finalmente, al ingresar y al salir de San Felipe, nos recibe una pequeña comuna llamada Panquehue, de una sola calle, donde desfilan una al lado de la otra las instituciones publicas; carabineros, municipalidad, registro civil, bomberos, Liceo, la Iglesia, y luego casitas y casonas, unas mas frágiles que otras, pero todas bajo la sombra del camino de árboles que bordea la calle.
  • Los sauces jalados por el viento, se ven más llorones que nunca. Y las animitas plagadas de claveles, parecieran rendirle culto a la vida y la alegría.

martes, 2 de noviembre de 2010

Encomienda...

Cada insulto suyo, ella lo acompañaba de una necesidad de perdón. Él le deseaba toda la infelicidad posible; deseos que se tornaban injustos, pero insistentemente tocaban su puerta día a día, y a veces -dependiendo del clima- hora tras hora. Y ella solía mirar por el ojo espía que atravesaba su puerta, observando esa encomienda desde Stgo. pensando -con una carga de tristeza heredada-, que jamás daría una firma de recibo conforme, para esa encomienda. Si bien, no se habían equivocado de dirección, ella sentía que no era la destinataria apropiada...