Cada insulto suyo, ella lo acompañaba de una necesidad de perdón. Él le deseaba toda la infelicidad posible; deseos que se tornaban injustos, pero insistentemente tocaban su puerta día a día, y a veces -dependiendo del clima- hora tras hora. Y ella solía mirar por el ojo espía que atravesaba su puerta, observando esa encomienda desde Stgo. pensando -con una carga de tristeza heredada-, que jamás daría una firma de recibo conforme, para esa encomienda. Si bien, no se habían equivocado de dirección, ella sentía que no era la destinataria apropiada...

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