viernes, 29 de abril de 2011

amor a la vainilla... (¡Todo era amor... amor!)


¡Todo era amor... amor!

No había nada más que amor.


En todas partes se encontraba amor.


No se podía hablar más que de amor.


Amor pasado por agua, a la vainilla,


amor al portador, amor a plazos.


Amor analizable, analizado.


Amor ultramarino.


Amor ecuestre.


Amor de cartón piedra, amor con leche...


lleno de prevenciones, de preventivos;


lleno de cortocircuitos, de cortapisas.


Amor con una gran M, con una M mayúscula,


chorreado de merengue,


cubierto de flores blancas...


Amor espermatozoico, esperantista.


Amor desinfectado, amor untuoso...


Amor con sus accesorios, con sus repuestos;


con sus faltas de puntualidad, de ortografía;


con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.


Amor que incendia el corazón de los orangutanes,


de los bomberos.


Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,


que arranca los botones de los botines,


que se alimenta de encelo y de ensalada.


Amor impostergable y amor impuesto.


Amor incandescente y amor incauto.


Amor inderformable. Amor desnudo.


Amor amor que es, simplemente, amor.


Amor y amor... ¡y nada más que amor
!
 
OLIVERO GIRONDO

(El elixir de la vida eterna o la muerte segura)



Dejo derretir el chocolate en mi boca, donde también remojo el tinto, un Merlot de nueva reserva. Ácido. El gusto por el vino me lo dio la edad y la amargura, la pena del alma o la resequedad de los días, develándose cuando el día esta nublado (“y nieblado”), y un enorme atardecer transforma el cielo en un manto rosa-violáceo. Nostálgico. También deprimente.

Camino por el parque que me recibió desnudo de emociones y anhelo el rocío sobre mi rostro, cerrando estos ojos que hierven mientras el vino se saborea en mi boca; tibio, amargo, ideal.

domingo, 3 de abril de 2011

otoño otoño

Otoño: de un día a otro comienza a desvestirse la ciudad y la vida cruje bajo las pisadas impulsivas. Ahí estaba yo, convertida en hojas, justo frente a tus zapatos. 
Y ¿que hiciste tu? 
Me transformaste en un caleidoscopio sin colores.

Insomnio


Siento mis ojos freírse en aceite hirviendo, de la pena y la rabia. Siento a Gregorio Samsa devorando mis entrañas. Siento el placer de lo inerte y del silencio, y sobretodo pre-siento un “campo de fresas” irreal. Anhelo una compañía como hoy no la tengo, y me pregunto desde hace cuanto los dos anhelábamos lo mismo.
Quisiera que el espectro autista cerrara las puertas de mi percepción, y escupirle a W. Blacke en la cara por ello. Y así por fin quitar el insomnio de estas noches ahogadas en palabras que se repiten y otras tantas que quizás nunca se dirán. El sabor del desvelo tiñe mi rostro de blanco y ya quisiera yo que el purpurase hiciera frecuente también en mis labios, para detener el cansancio y el temor, el mismo temor de Sarah Kane en el delirio, temor a perder, a equivocar, al fracaso. Humano, demasiado humano…
Como una laucha repugnante y temerosa me escondo y me reencuentro en las palabras arrojadas sobre el papel. Algo esperable, por cierto. Siento que los recuerdos se hacen cenizas, y mis ojos se nublan por el humo, lo que explica la fuerza de la sensación presente: una fuerza castradora e inquisitiva, un castigo que pocas veces da pase a la misericordia.
 
Tal vez no compre los parques con sus bancas y faroles, ni arrendé una luna llena que trajera el recuerdo de Yellow Ledbetter. Tal vez abandone y/o desahucie los árboles con hojas revoloteantes, dejándolos secar en el recuerdo de una soñadora que hoy por hoy desaparece entre las noches que le arrebatan la luz serena que solía desprenderse de sus (mis) grandes ojos.