viernes, 29 de abril de 2011

(El elixir de la vida eterna o la muerte segura)



Dejo derretir el chocolate en mi boca, donde también remojo el tinto, un Merlot de nueva reserva. Ácido. El gusto por el vino me lo dio la edad y la amargura, la pena del alma o la resequedad de los días, develándose cuando el día esta nublado (“y nieblado”), y un enorme atardecer transforma el cielo en un manto rosa-violáceo. Nostálgico. También deprimente.

Camino por el parque que me recibió desnudo de emociones y anhelo el rocío sobre mi rostro, cerrando estos ojos que hierven mientras el vino se saborea en mi boca; tibio, amargo, ideal.

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