Siento mis ojos freírse en aceite hirviendo, de la pena y la rabia. Siento a Gregorio Samsa devorando mis entrañas. Siento el placer de lo inerte y del silencio, y sobretodo pre-siento un “campo de fresas” irreal. Anhelo una compañía como hoy no la tengo, y me pregunto desde hace cuanto los dos anhelábamos lo mismo.
Quisiera que el espectro autista cerrara las puertas de mi percepción, y escupirle a W. Blacke en la cara por ello. Y así por fin quitar el insomnio de estas noches ahogadas en palabras que se repiten y otras tantas que quizás nunca se dirán. El sabor del desvelo tiñe mi rostro de blanco y ya quisiera yo que el purpurase hiciera frecuente también en mis labios, para detener el cansancio y el temor, el mismo temor de Sarah Kane en el delirio, temor a perder, a equivocar, al fracaso. Humano, demasiado humano…
Como una laucha repugnante y temerosa me escondo y me reencuentro en las palabras arrojadas sobre el papel. Algo esperable, por cierto. Siento que los recuerdos se hacen cenizas, y mis ojos se nublan por el humo, lo que explica la fuerza de la sensación presente: una fuerza castradora e inquisitiva, un castigo que pocas veces da pase a la misericordia.
Tal vez no compre los parques con sus bancas y faroles, ni arrendé una luna llena que trajera el recuerdo de Yellow Ledbetter. Tal vez abandone y/o desahucie los árboles con hojas revoloteantes, dejándolos secar en el recuerdo de una soñadora que hoy por hoy desaparece entre las noches que le arrebatan la luz serena que solía desprenderse de sus (mis) grandes ojos.

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